Había un hombre llamado José, miembro del Consejo, hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó a Pilato, le pidió el cuerpo de Jesús y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación y apuntaba el sábado. Las mujeres que habían venido con él desde Galilea fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo. Luego regresaron y prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.
(Lc 23, 50-56)
|

Duccio di Buoninsegna
Deposición
|
Hay alguien que se acerca a Jesús cuando ha muerto. Diríamos que es demasiado tarde cuando se acerca a su cuerpo apagado.
Es José de Arimatea, junto a algunas mujeres. Pidieron el cuerpo de Jesús. José de Arimatea lo descolgó de la cruz, lo envolvió en una sábana, y lo depositó en una tumba nueva, excavada en la roca. En esa tumba todavía no había sido depositado nadie. Era el día anterior al sábado. ¿Por qué estaban allí? José de Arimatea esperaba el reino de Dios. Quizá José y las mujeres recordaban su palabra y esperaban algo.
Pero, ¿qué se puede esperar de un muerto? ¿Qué se puede esperar de un vencido? ¿Qué se puede esperar de un hombre que no ha sido capaz ni siquiera de salvarse a sí mismo? Nada, casi nada, dirían todos. Sin embargo, la vida nueva, la salvación, viene de este cuerpo muerto, de este cuerpo crucificado.
Algunos regresaron a sus casas, satisfechos de haber vencido. Algunos volvieron a casa contentos después de haberle humillado. Otros pensaban en lo que había sucedido. Pero algunos se mantuvieron cerca de este cuerpo muerto, e hicieron lo que podían hacer, es decir, casi nada. Una sábana para un muerto y una tumba, un poco de aromas no se niega a nadie. A nadie se le niega la tumba. Pero la tumba significa también final, muerte, que ya nada es posible.
Una persona buena y justo no se adhirió a la decisión de matar a Jesús: de esta no adhesión nació un gesto de compasión hacia el muerto: descolgarle de la cruz, envolverle en una sábana, y depositarlo en una tumba donde todavía nadie había sido enterrado. Del rechazo a la condena nació la piedad de las mujeres venidas desde Galilea, que seguían a José con el cuerpo de Jesús, y que regresaron para preparar aromas y aceites perfumados.
Ante el sepulcro, ante el dolor de este mundo, ante la muerte, ante el sueño de los discípulos, ante las grandes llanuras de sufrimiento y de muerte, ante la violencia ciega, queda la fe en las palabras de Jesús que se confió al Padre. “Apuntaba el sábado”, empezaba a resplandecer la luz de un nuevo día, no eran sólo las luces de una ciudad que se preparaba para el gran día del reposo, sino también las luces de una nueva hora, de un nuevo día. Ante las llanuras del dolor, ante el sepulcro y todos los sepulcros, quien no se ha adherido a la decisión de matar no está llamado sólo a llorar, sino a creer, a rezar, y a tener esperanza en la llegada de una hora diferente.
Las palabras de la oración, ciertamente, son pocas y difíciles para un corazón aturdido, poco capaz de interrogarse o escuchar. Pero el Señor ha enseñado a los suyos a rezar. Que el recuerdo de las palabras del dolor del Señor acompañe el camino, los días, la oración y los interrogantes hacia el día de la Resurrección.
|